viernes, 1 de mayo de 2015

La República

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La República. Una de las 120 polis de la era del resurgimiento, y sin duda, una de las más prósperas, importantes y peligrosas.
Se localizaba al comienzo de un desierto, aunque no se sabe exactamente cuál era su ubicación real debido a la pérdida de datos tras el paso del tiempo. Comenzó con 20.000 habitantes después de La Plaga, y poseía cerca siete millones al comenzar La Gran Guerra, la cual acabó con alrededor de cinco millones de republicanos.
Su modelo político era la democracia republicana, en la que cada tres años se elegía a un presidente de la república y a cada uno de los miembros del parlamento de la polis. No existían partidos políticos como en los tiempos de antes de La Plaga, y los elegidos pasaban a vivir en la zona alta de la polis, cercana al techo de cuarentena que todas poseían por miedo al virus, desde donde gobernaban.
El gobierno de la república comenzó a ser seriamente corrupto, de modo que tenían a la población totalmente engañada y controlada gracias a la adoración a una supuesta diosa que los había librado del virus. Cada tres años los republicanos elegían a un nuevo presidente, sin ser conscientes de que realmente siempre eran el mismo grupo de personas los que gobernaban, independientemente de la cara que saliese en las pantallas. Asesinaban a los rebeldes impunemente y los desterraban a la soledad del desierto, hasta que el poder que ejercían sobre La República no les fue suficiente y decidieron atacar al resto de las polis, en concreto a La Comunidad, una sociedad semicomunista de dimensiones considerables y que estudiaremos la semana que viene. Los republicanos, creyendo ciegamente que para complacer a su falsa diosa debían alzarse en armas contra La Comunidad, encabezaron diversos ataques contra ésta y otras polis próximas con el fin de hacerse con su territorio y tecnología. Tachaban de infieles a éstos, que más tarde decidirían aliarse contra La República, lanzando un último ataque descomunal que redujo la polis y a más de la mitad de su población a cenizas, por el bien de la humanidad.
Los supervivientes de La República, avergonzados, pusieron la tecnología del genoma, la inteligencia artificial y el transporte que habían recuperado de los tiempos de antes de La Plaga al servicio de La Alianza entre La Comunidad y las demás polis como pago por causar La Gran Guerra, y abandonaron la polis para unirse a la nueva Alianza que se había creado. Así, a pesar del desagravio y el crimen que cometieron, aportaron una importante tecnología que más tarde serviría para crear Zidra tal y como lo conocemos ahora.
-Vaya tostón de chapa.
-Calla, idiota.
El próximo día hablaremos acerca del resurgimiento del capitalismo y de la guerra entre éste y La Comunidad que desencadenó en la creación de la que ahora conocemos como La Máquina y el modelo político de Zidra. Que tengáis buen fin de semana.
Ciro bostezó abiertamente, y Milo le soltó un golpe seco en la nuca, que hizo que el primero lo mirase ofendido. Tras la mirada atenta del ojo de la clase, se levantaron y salieron del lugar, donde les esperaba Andrómeda, con mirada perdida.
-Meda, ¿Qué hay para comer hoy?
La Clon de los hermanos volvió a la realidad y se dirigió a Ciro y Milo.
-¿Es así la historia? ¿Así la cuentan siempre? –inquirió en un susurro
-Siempre es la misma mierda, todas las malditas películas cuentan lo mismo, pero metiendo personajes inútiles que se enamoran. Un asco. –Ciro escupió al suelo
-¡Esa boca! –La clon rodó los ojos con desdén y les cogió de las manos para encaminarse a la casa de ambos. Aquel era el último día que pasaba con la familia de Ciro y Milo, y una parte de ella se sentía triste, si es que lo inhibidores le permitían tal cosa.
-No digas eso, Ciro, la película aquella del viajero del tiempo que fue al pasado a matar a todos esos republicanos estaba genial, y no había enamoramientos tontos. Los republicanos sangraban como cerdos.
-Idiota, ¿Alguna vez has visto un cerdo en tu vida?
-Para comer hay pasta. –interrumpió Andrómeda, que había vuelto en sí- y como sigáis hablando así igual tengo que reproducir esta conversación ante vuestros padres.
-No seas así, Meda. –sonrió Ciro- si al final somos como de los vuestros, los niños nos miran mal porque dicen que somos clones, todo queda en familia.
-Ella nos libre de ser clones, que horror. –murmuró su hermano gemelo- sin ofensa, Meda.
-No hay ofensa.
Continuaron el camino hasta el apartamento de los gemelos. Uno de ellos se identificó ante el portero de la puerta y ésta se abrió automáticamente, dejando paso a un acogedor salón de muebles caros de madera, muy bien iluminado, con una pecera y muchos jarrones con tulipanes. Los tulipanes estaban de moda. La pantalla en la reglamentaria pared del salón estaba apagada, y la única luz extraña era la del ojo del apartamento, siempre observando.
Los padres de los gemelos se encontraban en la enorme mesa del comedor, charlando con un señor canento, de pelo largo y alborotado y barba corta aunque descuidada. Lucía una bata blanca sobre un mono que lo delataba como de la clase trabajadora. Un científico, seguramente, que al fin y al cabo era de las pocas profesiones que quedaban en vigor. Ciro y Milo, nada más entrar, ignoraron al hombre y salieron corriendo hacia su habitación, seguramente a jugar con la consola. Andrómeda se quedó en el sitio, pues sospechaba quién era aquel hombre.
-¿Eres Andrómeda 0027?
La clon asintió con la cabeza mientras se aproximaba a la mesa. Miró con una ensayada sonrisa a sus actuales dueños y les informó rápidamente de que sus hijos habían ido a la escuela como de costumbre y que no había nada fuera de lo normal. El hombre volvió a hablar.
-Soy el Doctor Hans –se levantó de su asiento y le tendió la mano. Andrómeda parpadeó varias veces, confusa, y acto seguido le tendió la suya- soy tu nuevo usuario a partir de ahora, por decirlo de alguna manera. Quizás no tengas muy claro a qué me dedico, pero he solicitado varios clones para mi investigación y me han dado buenas referencias sobre ti. Bueno, tu mono blanco te delata, supongo.
-Será un placer para mí contribuir en lo que necesite –Mintió Andrómeda. Aquello no le gustaba ni un pelo, quería seguir de niñera de aquellos niños, no que experimentaran con ella. Sin embargo, acostumbraba a mentir a menudo, en aquel mundo, era lo mejor. Además, todo pensamiento de desencanto o desacuerdo indicaría un mal funcionamiento de su sistema, y no quería ser reconfigurada por La Máquina, o lo que fuera que ella hiciese contigo. – siempre he tenido el uniforme del mismo color.
En Zidra hay tres colores con los que clasificar a los clones. Los clones blancos o vírgenes son aquellos sin especializar, que realizaban todo tipo de tareas y eran capaces de aprender de cero cualquier trabajo para el que se les solicitase. Los clones negros son especialistas en algún campo, porque se les ha designado, y no son muy útiles en los demás. Los clones grises son clones problemáticos, porque han sufrido algún mal funcionamiento a lo largo de su servicio. A menudo los grises se podían reincorporar vistiendo el negro o el blanco, pero su estancia en el gris quedaba registrada para siempre.
-Bien, entonces. Recoge tus cosas y despídete de la familia, 0027. ¿Prefieres que te llame Andrómeda? Sería confuso, tengo otras dos de tu serie.
Ciro asomó por la puerta de su habitación.
-¡Nosotros la llamamos Meda! –gritó en dirección al salón. El Doctor se sonrió a sí mismo y asintió con la cabeza.
Para sorpresa de todos, tanto Ciro como Milo entraron en escena y abrazaron a la incrédula clon, rodeándola uno por cada lado.

-Cuídela usted bien, señor. No tiene ni idea de historia, pero es la mejor de la serie 11 que hemos tenido.

sábado, 7 de febrero de 2015

Prólogo: Nacer y Despertar

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-CÁPSULA NÚMERO 11, PREPARANDO SU APERTURA. PERSONAL PREVENIDO.
Seis fueron los encargados de abrir la cápsula, los mismo seis que la habían encontrado meses atrás. Siempre eran los mismos seis, los encargados de seguir al pie las órdenes más discrepantes y secretas de la máquina. Vestían ajustados trajes plateados con los que la máquina registraba cada uno de sus movimientos, y capas negras para indicar su posición ante la población. El visor en uno de sus ojos y el controlador instalado en su afeitada nuca los delataba como lo que eran en cualquier parte de Zidra.
Lo que encontraron en la cápsula no los sorprendió. En ella había exactamente lo mismo que habían encontrado en las otras diez: Un ser humano, esta vez otra de sexo femenino. Su sereno semblante dormido y pálido contrastaba con su cabello negro, extendido alrededor de su cabeza. Uno de los plateados colocó su mano en la amplia frente de la muchacha, transmitiendo la información de su calor corporal a la máquina. Otro buscó la etiqueta de su muñeca, la cual habían encontrado en los demás sujetos, y sus ojos transmitieron la imagen de la etiqueta a la máquina.
-ANDRÓMEDA WINTER –leyó la robótica voz que salía de uno de los altavoces de la sala y de cada uno de los comunicadores de Los Seis- ALMACENADA EL DÍA SIETE DE MARZO DEL AÑO 2 DESPUÉS DE LA ALIANZA JUNTO A SUS COMPAÑEROS. HIJA DEL Dr. WINTER, POR FAVOR, QUEDA EN SUS MANOS TODO LO QUE TENGO, CUIDADLA BIEN TRAS SU DESCRIOGENIZACIÓN. ELLA NO FUE CULPABLE.
La parte humana de Los Seis les permitió sentir curiosidad, ¿Culpable de qué? El resto de etiquetas se limitaban a exponer los datos personales de cada muchacho, pero aquella venía en forma de súplica. Además, todos los demás databan del día 26 de Noviembre del 2580 antes de La Alianza y de la guerra, pero no ésta última. La máquina detectó estas inseguridades, y la máquina habló de nuevo:
-EL SUJETO ES SANO Y VIABLE. SE PROCEDERÁ A SU CLONACIÓN POR EL BIEN DE LA HUMANIDAD AL IGUAL QUE EL RESTO DE ELLOS. EL RESTO DE DATOS SON IRRELEVANTES. ANDRÓMEDA DE 19 AÑOS Y 3 MESES DE EDAD DARÁ LUGAR A LA SERIE ANDRÓMEDA, LLEVADLA A LA SALA ROJA.
La posible duda que pudieran haber sentido los plateados no duró mucho en sus frágiles mentes, todos murmuraron al unísono aquello de “por el bien de la humanidad” y comenzaron su tarea. Levantaron el cuerpo desnudo de Andrómeda como quien levanta un fardo y la llevaron a una camilla. De los seis, Uno examinó su cuerpo en busca de desperfectos, encontró cicatrices en su espalda y brazos que comenzó a eliminar; Dos introdujo un suero descongelante en su sistema sanguíneo; Tres y Cuatro cerraron y almacenaron la cápsula, con la etiqueta aún en su interior; Cinco preparó la sala roja con todo lo necesario y Seis conectó su sistema sanguíneo en proceso de descongelación a la máquina de diálisis. El genoma de Andrómeda quedó totalmente secuenciado en apenas unos minutos, y su sangre quedó limpia de agentes peligrosos o innecesarios. Su corazón alcanzó un ritmo aceptable de latido y su cuerpo empezó a calentarse.
Andrómeda despertó en la sala roja. O mejor dicho, nació en la sala roja.
 Se le llama la sala roja porque básicamente, está iluminada con una cálida luz de ese color. A la hora de poner nombres, la máquina no posee demasiada inventiva. Tiene forma rectangular y cuenta con una cama, una pantalla, un aseo y varios instrumentos médicos de análisis. Cada día uno de Los Seis entra en la sala roja para examinar a Andrómeda. Le pregunta si sabe quién es, le pregunta si recuerda cómo hablar, la hace caminar sobre una cinta y se asegura de que come y bebe lo necesario. Cada día Andrómeda no habla, no recuerda y camina torpemente, no en vano lleva sin utilizar los músculos alrededor de 240 años. Se mueve y obedece a las instrucciones de los plateados automáticamente, sin objetar nada, casi por instinto. No se esfuerza en especial en mejorar o en comunicarse, simplemente es. Le lleva la inercia y el instinto de seguir viva.
Al séptimo día le implantan una KATT en el brazo. No es nada fuera de lo común, pero posee algunas modificaciones con respecto a los de la población normal de Zidra. Está en constante contacto con la sangre de Andrómeda y envía sus signos vitales y cada uno de sus componentes en sangre a la máquina en todo momento. La KATT es el sistema de todo. En el pasado el ser humano necesitaba de infinidad de aparatos, actualmente solo necesita de la KATT. La KATT controla todo lo que está permitido controlar, sirve de comunicador, de diagnosticador, de instrumento de trabajo, de búsqueda de información y localizador. Se conecta a todo lo conectable, a cualquiera de la infinidad de pantallas de Zidra. Es un entretenimiento constante implantado en tu antebrazo. Andrómeda intentó extirpárselo en varias ocasiones, en las que Los Seis la controlaron, cuidaron de su hemorragia y volvieron a implantárselo. Al tercer intento desistió.
Al vigésimo día habló.
Tenía la voz entrecortada y gastada, como quien acaba de quedarse afónico:
-No me gusta.
Uno de los Seis, aquel que portaba en su traje el número 4, levantó la mirada y la fijó justamente a sus ojos. Su rostro apenas reflejaba nada, señales de que estaba más pendiente de las órdenes de la máquina que de su frágil paciente. Al final contestó, con voz quebrada, preguntándole a qué se refería.
-No me gusta la luz. No me gusta la comida. Me duele. – La chica hablaba con dificultad y lentitud, palabras que llevaba varios días sopesando. – No entiendo.
El plateado le dedicó una suave sonrisa, que descolocó a Andrómeda por completo, aunque sin darse cuenta, ella sonreía a su vez.
-Dí lo que deseas y se te dará. Dentro de poco trabajarás por el bien de la humanidad.
-Quiero ropa. –Susurró, recordando por un momento que existía el pudor a estar desnuda.- Quiero saber.
-¿Recuerdas quién eres?
Andrómeda se encogió de hombros.
-Sé que soy Andrómeda, sé que estoy en esta sala. Sé hablar, y moverme, y pensar.
-¿Y antes de esta sala?
-¿Antes? –Lo miró sin comprender- pitidos, debilidad... No, espera –se detuvo- eso fue también en esta sala.
El número cuatro asintió en silencio y salió del pequeño habitáculo de la muchacha. Volvió tras pocos minutos, con un traje completo ajustado a su cuerpo, totalmente a su medida. Era de color blanco níveo, con una ancha franja roja atravesando horizontalmente su pecho. Llevó a Andrómeda a la ducha y la limpió a conciencia, ella se dejó hacer, aún confusa debido a los cambios en su corta vida. Cuatro la secó, le recortó la melena hasta dejarle el pelo muy corto, la vistió y la condujo a través de laberínticos pasillos hasta la sala de clonación.
Los dos seres caminaban en silencio por los pasillos. La muchacha iba tambaleándose, e incómoda por la sorpresiva sujeción de su cuerpo. Llevaba toda su vida desnuda y la ropa le resultaba otro obstáculo más, como habían sido andar o hablar. Al fin llegaron a una gran puerta con el número 11
Cientas de Andrómedas en tubos de líquido alto en nutrientes flotaban en posición fetal a su alrededor, todas aparentaban tener unos diecinueve años, pero a medida que avanzaban por el pasillo iba menguando su edad. Andrómeda las miró a todas sin comprender, no se reconocía a sí misma en ellas, pero podía ver que todas eran idénticas entre sí.
-Esta es la verdad –Dijo Cuatro con cautela señalando los tubos-criadero- Esto es lo que había antes de la sala roja. Tú, como ellas, naciste aquí, por el bien de la humanidad.
Andrómeda formuló la pregunta que llevaba guardándose desde hacía días.
-¿Qué es la humanidad?
-Es aquello a lo que servimos. Los seres humanos confían en nosotros para dirigir su mundo y resolver sus problemas, debemos hacer honor a esa confianza cuidando de ellos y protegiéndolos de todo. Tú tendrás el honor de trabajar para la humanidad, como harán todas tus hermanas.
-¿Qué es un ser humano? –insistió ella, sus enormes ojos grises no apartaban la vista de uno de los ojos de la máquina, que se disponían por todas partes-
-Son seres como tú y como yo, pero no son tú, ni yo. –Continuó- Nosotros somos creaciones de la máquina, máquinas biológicas, creadas de cero. Sin sentimientos o pensamiento crítico, pero con la curiosidad e inteligencia de un ser humano, o superior. Ellos son débiles e incapaces de sobrevivir por ellos mismos, por eso nos crearon. Nosotros somos ciencia.
-Somos ciencia –repitió ella.
-Eres de los primeros especímenes de la serie Andrómeda. Tu deber es cumplir las órdenes de la máquina, tu deber es servir a la humanidad.
Andrómeda titubeó un instante.
-¿Y si las órdenes de la humanidad y las de la máquina difieren?
-Debes escuchar a la máquina, pues la humanidad puede equivocarse. Han delegado y confían en ella, por lo que sus decisiones son también las decisiones de la humanidad.
Andrómeda asintió con la cabeza. Todo tenía sentido. Debía sentirse agradecida por la confianza de la humanidad y esforzarse para no fallarles.
A partir de ese día formó parte de la serie 11 que llevaba su nombre, portando el número 0027.

A partir de ese día comenzó a realizar el cometido para el cual fue creada.