La República. Una de las 120 polis de la era
del resurgimiento, y sin duda, una de las más prósperas, importantes y
peligrosas.
Se localizaba al comienzo de un desierto,
aunque no se sabe exactamente cuál era su ubicación real debido a la pérdida de
datos tras el paso del tiempo. Comenzó con 20.000 habitantes después de La
Plaga, y poseía cerca siete millones al comenzar La Gran Guerra, la cual acabó
con alrededor de cinco millones de republicanos.
Su modelo político era la democracia
republicana, en la que cada tres años se elegía a un presidente de la república
y a cada uno de los miembros del parlamento de la polis. No existían partidos
políticos como en los tiempos de antes de La Plaga, y los elegidos pasaban a
vivir en la zona alta de la polis, cercana al techo de cuarentena que todas
poseían por miedo al virus, desde donde gobernaban.
El gobierno de la república comenzó a ser
seriamente corrupto, de modo que tenían a la población totalmente engañada y
controlada gracias a la adoración a una supuesta diosa que los había librado
del virus. Cada tres años los republicanos elegían a un nuevo presidente, sin
ser conscientes de que realmente siempre eran el mismo grupo de personas los
que gobernaban, independientemente de la cara que saliese en las pantallas. Asesinaban
a los rebeldes impunemente y los desterraban a la soledad del desierto, hasta
que el poder que ejercían sobre La República no les fue suficiente y decidieron
atacar al resto de las polis, en concreto a La Comunidad, una sociedad
semicomunista de dimensiones considerables y que estudiaremos la semana que
viene. Los republicanos, creyendo ciegamente que para complacer a su falsa
diosa debían alzarse en armas contra La Comunidad, encabezaron diversos ataques
contra ésta y otras polis próximas con el fin de hacerse con su territorio y
tecnología. Tachaban de infieles a éstos, que más tarde decidirían aliarse
contra La República, lanzando un último ataque descomunal que redujo la polis y
a más de la mitad de su población a cenizas, por el bien de la humanidad.
Los supervivientes de La República,
avergonzados, pusieron la tecnología del genoma, la inteligencia artificial y
el transporte que habían recuperado de los tiempos de antes de La Plaga al
servicio de La Alianza entre La Comunidad y las demás polis como pago por
causar La Gran Guerra, y abandonaron la polis para unirse a la nueva Alianza
que se había creado. Así, a pesar del desagravio y el crimen que cometieron,
aportaron una importante tecnología que más tarde serviría para crear Zidra tal
y como lo conocemos ahora.
-Vaya
tostón de chapa.
-Calla,
idiota.
El próximo día hablaremos acerca del
resurgimiento del capitalismo y de la guerra entre éste y La Comunidad que
desencadenó en la creación de la que ahora conocemos como La Máquina y el
modelo político de Zidra. Que tengáis buen fin de semana.
Ciro
bostezó abiertamente, y Milo le soltó un golpe seco en la nuca, que hizo que el
primero lo mirase ofendido. Tras la mirada atenta del ojo de la clase, se
levantaron y salieron del lugar, donde les esperaba Andrómeda, con mirada
perdida.
-Meda,
¿Qué hay para comer hoy?
La Clon
de los hermanos volvió a la realidad y se dirigió a Ciro y Milo.
-¿Es
así la historia? ¿Así la cuentan siempre? –inquirió en un susurro
-Siempre
es la misma mierda, todas las malditas películas cuentan lo mismo, pero
metiendo personajes inútiles que se enamoran. Un asco. –Ciro escupió al suelo
-¡Esa
boca! –La clon rodó los ojos con desdén y les cogió de las manos para
encaminarse a la casa de ambos. Aquel era el último día que pasaba con la
familia de Ciro y Milo, y una parte de ella se sentía triste, si es que lo
inhibidores le permitían tal cosa.
-No
digas eso, Ciro, la película aquella del viajero del tiempo que fue al pasado a
matar a todos esos republicanos estaba genial, y no había enamoramientos
tontos. Los republicanos sangraban como cerdos.
-Idiota,
¿Alguna vez has visto un cerdo en tu vida?
-Para
comer hay pasta. –interrumpió Andrómeda, que había vuelto en sí- y como sigáis
hablando así igual tengo que reproducir esta conversación ante vuestros padres.
-No
seas así, Meda. –sonrió Ciro- si al final somos como de los vuestros, los niños
nos miran mal porque dicen que somos clones, todo queda en familia.
-Ella nos
libre de ser clones, que horror. –murmuró su hermano gemelo- sin ofensa, Meda.
-No hay
ofensa.
Continuaron
el camino hasta el apartamento de los gemelos. Uno de ellos se identificó ante
el portero de la puerta y ésta se abrió automáticamente, dejando paso a un
acogedor salón de muebles caros de madera, muy bien iluminado, con una pecera y
muchos jarrones con tulipanes. Los tulipanes estaban de moda. La pantalla en la
reglamentaria pared del salón estaba apagada, y la única luz extraña era la del
ojo del apartamento, siempre observando.
Los
padres de los gemelos se encontraban en la enorme mesa del comedor, charlando
con un señor canento, de pelo largo y alborotado y barba corta aunque
descuidada. Lucía una bata blanca sobre un mono que lo delataba como de la
clase trabajadora. Un científico, seguramente, que al fin y al cabo era de las
pocas profesiones que quedaban en vigor. Ciro y Milo, nada más entrar,
ignoraron al hombre y salieron corriendo hacia su habitación, seguramente a
jugar con la consola. Andrómeda se quedó en el sitio, pues sospechaba quién era
aquel hombre.
-¿Eres
Andrómeda 0027?
La clon
asintió con la cabeza mientras se aproximaba a la mesa. Miró con una ensayada
sonrisa a sus actuales dueños y les informó rápidamente de que sus hijos habían
ido a la escuela como de costumbre y que no había nada fuera de lo normal. El
hombre volvió a hablar.
-Soy el
Doctor Hans –se levantó de su asiento y le tendió la mano.
Andrómeda parpadeó varias veces, confusa, y acto seguido le tendió la suya- soy
tu nuevo usuario a partir de ahora, por decirlo de alguna manera. Quizás no
tengas muy claro a qué me dedico, pero he solicitado varios clones para mi
investigación y me han dado buenas referencias sobre ti. Bueno, tu mono blanco
te delata, supongo.
-Será
un placer para mí contribuir en lo que necesite –Mintió Andrómeda. Aquello no
le gustaba ni un pelo, quería seguir de niñera de aquellos niños, no que
experimentaran con ella. Sin embargo, acostumbraba a mentir a menudo, en aquel
mundo, era lo mejor. Además, todo pensamiento de desencanto o desacuerdo
indicaría un mal funcionamiento de su sistema, y no quería ser reconfigurada
por La Máquina, o lo que fuera que ella hiciese contigo. – siempre he tenido el
uniforme del mismo color.
En
Zidra hay tres colores con los que clasificar a los clones. Los clones blancos
o vírgenes son aquellos sin especializar, que realizaban todo tipo de tareas y
eran capaces de aprender de cero cualquier trabajo para el que se les
solicitase. Los clones negros son especialistas en algún campo, porque se les
ha designado, y no son muy útiles en los demás. Los clones grises son clones
problemáticos, porque han sufrido algún mal funcionamiento a lo largo de su
servicio. A menudo los grises se podían reincorporar vistiendo el negro o el
blanco, pero su estancia en el gris quedaba registrada para siempre.
-Bien,
entonces. Recoge tus cosas y despídete de la familia, 0027. ¿Prefieres que te
llame Andrómeda? Sería confuso, tengo otras dos de tu serie.
Ciro
asomó por la puerta de su habitación.
-¡Nosotros
la llamamos Meda! –gritó en dirección al salón. El Doctor se sonrió a sí mismo
y asintió con la cabeza.
Para
sorpresa de todos, tanto Ciro como Milo entraron en escena y abrazaron a la
incrédula clon, rodeándola uno por cada lado.
-Cuídela
usted bien, señor. No tiene ni idea de historia, pero es la mejor de la serie
11 que hemos tenido.

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